La historia de Venezuela se está escribiendo con las lágrimas de sus madres, un relato desgarrador donde la crueldad institucional se ensaña contra los eslabones más nobles de nuestra sociedad. El trágico y doloroso desenlace de la señora Carmen Navas, madre del preso político Víctor Quero, no es solo una tragedia familiar; es el reflejo vivo, descarnado y doloroso de la Venezuela de hoy. Una nación que es sistemáticamente engañada, manipulada y pisoteada por quienes no tienen más norte ni más preocupación que la preservación del poder para su propio beneficio, sin importarles un ápice la angustia, la desesperación y la penuria del ciudadano común.
Durante dieciséis meses, la señora Carmen transitó un calvario que ninguna madre debería conocer. Con más de ochenta años a cuestas, con la fragilidad física propia de la edad pero con la fuerza descomunal que solo el amor materno puede inyectar, recorrió incansablemente cada centro de reclusión, tocó puertas falsas, desgastó sus pasos en pasillos fríos e indiferentes buscando a su hijo. Dieciséis meses de una angustia planificada por el Estado, porque mientras ella consumía sus pocas fuerzas en una búsqueda desesperada, quienes ostentan el poder ya sabían, desde hacía meses, el fatal destino de Víctor. Mantener el secreto, prolongar la tortura psicológica de una anciana y ocultar la verdad no es solo negligencia; es una muestra de la descomposición moral de un sistema al que le estorba la dignidad humana.
La señora Carmen murió el pasado domingo. Y no murió por causas simplemente biológicas; murió de tristeza. Su única motivación para seguir respirando, el motor que la mantenía en pie a sus más de ochenta años, era la fe inquebrantable de encontrar con vida a su hijo, de abrazarlo en libertad. En el instante exacto en que se enteró de la fatídica noticia, cuando el velo del engaño oficial se cayó para mostrar la peor de las realidades, su esperanza se desvaneció, y con esa esperanza, se le escapó la vida. Le robaron el reencuentro y, finalmente, le apagaron el corazón. Su partida nos deja un vacío profundo, pero también una indignación que estremece las fibras más íntimas de nuestra venezolanidad.
Frente a un panorama tan oscuro, donde la impunidad parece reinar y la indolencia gubernamental se muestra desvergonzada, el sentimiento inmediato es la rabia y la impotencia. Sin embargo, más allá de la lógica indignación que nos embarga, mi mensaje para cada venezolano hoy no es el del desespero, sino el de la trascendencia. Debemos aprender a descansar en la confianza absoluta en Dios y en su justicia divina. Los tribunales terrenales pueden estar secuestrados y las conciencias de los hombres pueden estar cauterizadas, pero la justicia del Cielo no falla, aunque a nuestros ojos humanos parezca tardar. Cada lágrima de la señora Carmen, cada mentira pronunciada para prolongar su agonía, está registrada ante los ojos del Creador.
No podemos permitir que el dolor nos paralice ni que la amargura nos destruya por dentro. El verdadero homenaje a la memoria de Carmen Navas y a la de tantos otros que han partido esperando justicia, es tomar esa indignación, esa profunda tristeza y esa rabia legítima, y transformarlas. Hay que convertirlas en una fuerza motora, en una fe inquebrantable que nos movilice.
Es momento de seguir orando con fervor, pero también de seguir obrando con valentía. Nos toca sacar a Venezuela adelante entregando lo mejor de nosotros, dando cada gramo de talento, honestidad, trabajo y solidaridad que los venezolanos llevamos por dentro. Ese es el material de construcción indispensable para edificar la Venezuela de nuestros sueños y de nuestros más puros anhelos: una tierra donde la verdad no sea un peligro, donde la justicia sea un derecho y donde ninguna madre vuelva a morir de tristeza por la crueldad de los hombres.
Que el sacrificio de la señora Carmen no sea en vano. Que su memoria sea la antorcha que nos guíe en la penumbra actual hacia el amanecer de una nación libre, justa y en paz.
Que Dios reciba en su gloria a la señora Carmen Navas y bendiga a nuestra amada Venezuela.
Por: Lic. Enmanuel Canga
