Escribo desde el anhelo que me mueve, conmueve y obliga desde la conciencia y el alma a llegar a quienes hoy intentan continuar viviendo en medio del peso de la nostalgia que insiste en contar lo perdido: Una casa, un techo, un rincón, un lugar seguro y una o más vidas que ya no están.

Y entre tanta ausencia, olvidamos las pérdidas que no aparecen en balances oficiales; aquellas que pocos mencionan, pero que como nunca antes son indispensables y urgentes: El sosiego, la certeza de un suelo firme y la confianza en que el mañana si bien no será el mismo, traerá la paz y el entendimiento suficiente para seguir amando la vida.

El doble terremoto no rompió solo paredes, estructuras y altas edificaciones, también derribó rutinas, momentos y espacios donde vivían todas las versiones de uno mismo. Dejó sepultados sueños, recuerdos, esperas, sacrificios, logros, hogares y pertenencia. Restas infinitamente superiores a cualquier valor material.

El mundo para miles terminó, para otros cambió, para muchos solo se movió bajos sus pies y para quienes aquí quedan volvió a comenzar con menos de lo que imaginaron, pero con más cicatrices de las que alguna vez llevaron dentro y fuera de ellos.

El fatídico evento de ese 24 de junio tocó a una Venezuela que venía resistiendo muchas otras sacudidas. Una que ha soportado tiempos amargos y ejercido innumerables veces el verbo levantarse.

Y aunque esta vez ponerse de pie no sea tan fácil frente a una realidad impensable, hay una constante que nos define y que ningún escombro podrá jamás sepultar: La voluntad; esa que sostiene la determinación de seguir adelante aun cuando se ha perdido todo.

Hay una dignidad altísima en quien hoy agradece la vida, limpia el polvo de un recuerdo que sostiene, improvisa un techo para proteger a su familia, comparte lo poco que quedó, consuela desde su propio lamento y comprende que aquello que verdaderamente sostiene su vida no son unas columnas de concreto, sino la fuerza espiritual que lo levanta de entre la nada, el temple que le impide venirse abajo y la fe y esperanza que ningún cúmulo de ruinas podrá enterrar.

El dolor jamás podrá definirse por quien no lo padece y la empatía nunca nos dará la oportunidad de sentirlo, pero sí de compartirlo.

Lejos de idealizar al dolor y hablar de obligatorias resiliencias, estamos en el deber de acompañar este tránsito oscuro de la vida que nos ha interpelado a todos y nos recuerda que hay que unir enterezas para reconstruir desde adentro, no solo con discursos, donaciones y oraciones, sino con la decisión colectiva de no dejar a nadie solo mientras intenta volver a empezar.

Las ciudades se levantan con trabajo y máquinas, pero la esperanza se reedifica cuando alguien entiende que no tendrá que sobreponerse solo porque una sociedad ha decidido acompañarse.

La solidaridad debe durar más que un ciclo informativo porque muchas veces el abandono comienza cuando las cámaras se apagan. Nuestro primer paso será recordar que no cambió solo la geografía, sino también la forma que tenemos de ver la vida.

Mientras algunos reconstruyen, otros aprendemos de una vez por todas que el dolor llegó para desaparecer colores, etiquetas y estigmas.

Y pese a que la fuerza del venezolano no se derrumba, nunca deberá ser una excusa para dejarlo solo. Su dolor merece un lugar en nuestra conciencia.

MSc. Ileana Velásquez.

ileanaavm@gmail.com

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