El caso de Mark Twitchell conmocionó a Canadá por la frialdad con la que planificó un homicidio meticuloso. El joven aspirante a director de cine desarrolló una fijación peligrosa con el personaje de un asesino serial.
Twitchell alquiló un garaje en Edmonton para convertirlo en un set de filmación con fines macabros. Mediante perfiles falsos en sitios de citas, atrajo a su víctima, John Brian Altinger, en octubre de 2008.
El agresor atacó a Altinger siguiendo métodos inspirados en la narrativa televisiva antes de deshacerse de sus restos. No obstante, un error fundamental en su coartada digital permitiría a los investigadores desarmar toda su estrategia.
El diario de Mark Twitchell
La policía de Edmonton encontró un documento clave en la computadora personal de Twitchell durante los allanamientos realizados. El archivo titulado «Confesiones de un asesino serial» describía paso a paso cómo ejecutó el crimen.
Por su parte, el acusado intentó argumentar ante el tribunal que el escrito era simplemente un guion de ficción. Por lo tanto, la fiscalía presentó pruebas de ADN y restos hemáticos hallados en el garaje del sospechoso.
El nivel de detalle escalofriante del diario impidió que la defensa pudiera sostener la tesis de la legítima defensa. El jurado determinó que el ataque fue premeditado y ejecutado con una frialdad propia de un guion cinematográfico.
Finalmente, en abril de 2011, la justicia declaró culpable a Mark Twitchell y lo condenó a prisión perpetua obligatoria. El caso sigue siendo estudiado por expertos en psicología criminal debido a la distorsión entre realidad y fantasía.
Cine y psicopatía en el sistema judicial
El protagonista de la serie mencionada manifestó su horror ante la naturaleza obsesiva del joven director canadiense.
Las autoridades canadienses reforzaron los protocolos de rastreo informático tras descubrir las tácticas de captación usadas por el homicida.
De esta forma, Mark Twitchell pasará al menos 25 años tras las rejas antes de poder solicitar cualquier beneficio procesal. El cuaderno de confesiones permanece como la prueba definitiva de su transformación en un criminal de la vida real.
