Venezuela, más allá del gobierno y del reclamo, debe repensarse como nación porque exigir sin participar no alcanza y gobernar también es un verbo ciudadano. Cada acto cotidiano es política, considerando que el país también nos espera y que no debemos solo esperar de él.
Hoy se habla de una ¨nueva política posible¨ partiendo de protagonistas y factores clave, pero se obvia la poca conciencia ciudadana para asumir nuestro rol en este nuevo contexto.
Siendo así, necesario es rememorar que la democracia se auto practica, la sociedad justa se sostiene en ciudadanos justos y la política no le pertenece solo al poder.
Exigir sin cumplir normas, participar cuando nos conviene y cumplir con lo legal de manera cotidiana, pero selectiva, más allá de acusarnos, nos invita a mirarnos.
El respeto por lo público, la empatía, la crítica con propuestas, la demanda coherente, el deber ser, el sentido común y la acción transparente que nos competen, abren la interrogante de cómo y cuánto estamos dispuestos a regirnos como sociedad y a renunciar a nuestra muy mal administrada gobernanza personal.
En este punto habrá que definitivamente recordar que ser buena persona en casa, pero no afuera, es sencillamente no serlo, y que ser buen ciudadano fuera, pero no dentro del país, es nunca haberlo sido.
Una nueva política no es rápida, no es perfecta, no es mesiánica y mucho menos individualista, más aún cuando hemos perdido excesivamente como sociedad y seres humanos. Seguimos siendo un país rico lleno de gente moral y mentalmente pobre y mostrándonos como una sociedad enferma por los odios que la roen y la ignorancia que la debilita.
Hay pocos sabios y muchos sabiondos que parecen favorecer la astucia que obtiene, pero deshonra. No lo vemos, lo vivimos, y más allá de padecerlo, lo lamentamos.
Sin embargo, esta recrudecida e indolente realidad no nos separa de nuestra corresponsabilidad para recapacitar y comprender que la Venezuela ideal está en gran parte en nosotros y que la política también nos corresponde mediante una clase de pacto social que sujete la visión de que el Estado no puede solo.
Hay claridad en lo que esperamos de quienes nos gobiernan, pero somos ambivalentes en aquello que estamos dispuestos a aportar como ciudadanos, dejando de lado el discurso moral desde un teclado y aplicando la ética ciudadana.
Aunado, hemos aprendido a perfeccionar nuestra paciencia y a medir nuestras capacidades, excepto a reconsiderar nuestras voluntades. Las prácticas normalizadas que tienen nombre y apellido, a diario se aventajan en la carrera del aprovechamiento aumentando privilegios mal ganados que nos eximen de coherencia moral exigiendo al mismo tiempo equidad, dignidad y bien común.
Ante cada circunstancia y situación país pasa por fuego nuestra probidad y frente a tanto deshonor y desmoralización medimos nuestro nivel de integridad.
Todos estamos a prueba
Empecemos por unir la fuerza mental con la espiritual porque la primera nos dirá qué hacer, pero la segunda nos mantendrá incólumes ante el deber ser. El intelecto nos hace estrategas, mas el espíritu nos guía.
Urge devolver al venezolano a sí mismo, más allá de una anhelada recomposición de toda índole y es, hoy más que nunca, indispensable reeducarnos para aprender que la demanda de derechos conlleva al cumplimiento de deberes y obligarnos a redefinir nuestras conductas, incluso cuando hacerlo no conviene.
Trampa, indiferencia y abuso hieren y mancillan un país. Trabajar en una nueva política supone dejar de celebrarlos y asumir, sin excusas, la responsabilidad de actuar con integridad.
Una nación no solo fracasa por falta de Ley sino por ausencia de conciencia.
MCs. Ileana Velásquez
Ileanaavm@gmail.com

