En las últimas semanas, el ambiente en Venezuela se ha tornado denso, cargado de una atmósfera donde el clamor popular por un desenlace político empieza a transformarse, peligrosamente, en desesperación e incredulidad. La sola mención de unas elecciones presidenciales genera en el ciudadano común una mezcla de urgencia y escepticismo. Es una reacción humana y predecible: han sido 27 años esperando un momento definitivo, y lo que se busca no es simplemente un cambio de nombres en el palacio de gobierno, sino un cambio estructural de realidad.
Esa realidad hoy se siente más pesada que nunca sobre los hombros de cada familia. Pesa el encarecimiento asfixiante de la vida, pesa la imposibilidad de progresar a pesar del esfuerzo diario y pesa el progresivo detrimento de unos servicios públicos que colapsan a la vista de todos. Esta crisis continua no solo desespera por lo que significa en sí misma, sino porque tras los acontecimientos del pasado 3 de enero se sembró en la conciencia colectiva la expectativa de que estaríamos ante un «borrón y cuenta nueva» inmediato. Se alimentaron falsas certezas, desconectadas de los tiempos y de la complejidad que este proceso político inusual requiere para tener éxito.
Es por eso que hoy es imperativo hacer un llamado profundo a la calma y a la madurez ciudadana. Los venezolanos necesitamos entender que, si bien la puerta hacia la transición se abrió, el camino definitivo aún está por labrarse. El entusiasmo no puede hacernos tropezar con la misma piedra. Ir a un proceso electoral sin resolver los vicios de origen sería un error histórico. Estas elecciones requieren, antes de que se coloque la primera mesa, de garantías reales y robustas para que no se repita el traumático escenario del pasado 28 de julio de 2024.
Nos toca construir, junto al liderazgo político legítimo encarnado en la figura de María Corina Machado, las condiciones indispensables que aseguren un proceso electoral real, creíble, limpio e incuestionable. Un proceso que, por difícil que suene para muchos, otorgue plenas garantías tanto a los vencedores como a los vencidos, pues solo así se blindará la estabilidad futura de la República.
Para que esa ruta sea transitable, la agenda de exigencias debe ser clara y no negociable en sus puntos mínimos:
- Un nuevo Consejo Nacional Electoral (CNE): Con rectores imparciales que devuelvan la confianza al voto.
- Reestructuración del Registro Electoral: Que permita la inscripción y actualización de millones de venezolanos dentro y fuera del país.
- Auditoría y cambio del sistema y método electoral: Asegurando la inviolabilidad de la voluntad popular.
- Reformas en la Sala Electoral del TSJ: Que garanticen un arbitraje institucional transparente y dejen atrás la judicialización política.
- Restablecimiento de derechos políticos: Devolviendo la legalidad y las tarjetas a los partidos políticos secuestrados.
- Liberación absoluta de todos los presos políticos: Como muestra real de una voluntad de pacificación y justicia.
El inventario de tareas pendientes parece largo y complejo, y es allí donde anida la impaciencia. Sin embargo, la perspectiva correcta nos muestra que estamos en la puerta del cambio, más cerca de lo que jamás hemos estado en casi tres décadas.
No es momento de rendirse ante la incredulidad ni de dejar que la desesperación dicte nuestros pasos. Caminemos con la paciencia estratégica y la resiliencia que nos han traído hasta aquí. Mantengamos la fe intacta y el foco en el objetivo. Lo vamos a lograr, porque la historia nos demuestra que el momento de Venezuela es ahora.
Que Dios bendiga y llene de sabiduría a nuestro pueblo.
Por: Enmanuel Canga
