Por: Enmanuel Canga

La historia de las naciones no es una línea recta; está hecha de valles oscuros y de cumbres que se conquistan con resistencia. Hoy, Venezuela respira un aire distinto, un bálsamo que, aunque no representa la meta final, enciende una chispa de esperanza que ya no se puede apagar. Vivimos días que parecían imposibles hace apenas un año: el regreso de los que nunca debieron irse y la libertad de quienes jamás debieron estar cautivos. Cada preso político que abraza a su familia, cada exiliado que pisa de nuevo el suelo patrio, no es un hecho aislado; es una victoria moral en la larga y penosa lucha por la conquista de nuestra democracia.

Lo ocurrido el pasado 3 de enero de este 2026 marcó un verdadero punto de inflexión para nuestra historia republicana. Fue el momento en que tocamos fondo de la manera más cruda, pero como bien enseña la sabiduría popular, cuando se llega a lo más profundo del abismo, no queda otra opción que comenzar a subir. Desde entonces, hemos sido testigos —con una mezcla de alegría y cautela— del regreso paulatino de ciertas libertades y gestos que antes de enero eran impensables de visionar. Estas son señales claras del camino que con tanto esfuerzo se está labrando hacia la restauración integral del sistema democrático en el país. Son grietas en el muro de la opresión, aunque debemos ser claros: son solo señales, aún no es el momento de decir «ya lo logramos».

Uno de los símbolos más potentes de este cambio de era es, sin duda, la liberación de los expolicías metropolitanos, hombres que pasaron casi un cuarto de siglo tras las rejas. Veinticinco años de encierro injusto por el simple hecho de cumplir con su función policial en aquellos trágicos sucesos del año 2002. Su libertad no es solo un acto de justicia tardía; representa, en la práctica, pasar la página de uno de los capítulos más oscuros y divisivos de la historia política moderna de Venezuela. Es el cierre de una herida histórica que nos recuerda que la persecución no puede ser eterna.

A la par de estas liberaciones, el mapa político nacional se está reconfigurando con el retorno de importantes figuras del liderazgo venezolano. Hombres y mujeres que se vieron forzados a huir del país para escapar de la cárcel, víctimas de procesos penales montados y acusados de delitos que jamás cometieron. Hoy, amparados bajo dinámicas y garantías internacionales impulsadas por el gobierno norteamericano, estos líderes regresan no solo para retomar de frente la lucha democrática, sino para algo fundamental: limpiar sus nombres, ponerse a derecho y exigir que la justicia, esta vez, sea verdaderamente justa.

El ejemplo más nítido de esto es el caso de Lester Toledo, un joven líder político con amplio reconocimiento internacional, quien tras más de diez años en un exilio forzado, ha regresado a su tierra. Este acontecimiento es un hito: abre de par en par las puertas para el retorno de tantos otros dirigentes y, de forma muy especial, prepara el terreno y el camino para el regreso de la figura más importante del liderazgo moderno, aquella que encarna el sentimiento popular y la voluntad del ciudadano de a pie: la líder indiscutible María Corina Machado. Con su presencia en el tablero nacional, la realización de esas tan deseadas elecciones verdaderamente justas, libres y transparentes se vislumbra cada vez más cerca.

A mis hermanos venezolanos les hago un llamado profundo a la paciencia y a la templanza: no desesperemos en este proceso. Es humano y comprensible anhelar que el cambio sea inmediato, que la realidad gire 180 grados de la noche a la mañana. Sin embargo, debemos entender con madurez política que desmontar la estructura de oscuridad que arropó e institucionalizó la destrucción de Venezuela por más de 27 años no es tarea de unos días, ni siquiera de unos pocos meses.

Lo que estamos viviendo hoy no es el destino final, pero sí la certeza absoluta de que estamos en el camino correcto. Cada paso cuenta, cada espacio recuperado es territorio ganado para la libertad. Mantengamos la fe alta, el trabajo constante y la convicción firme, porque la Venezuela que sueña, que trabaja y que no se rinde, ya empezó a volver a casa.

Que Dios guíe nuestros pasos y bendiga a Venezuela.

RDN

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