El proceso de cambio político que hoy experimenta Venezuela es tan inusual como complejo. Desmontar un modelo enquistado durante más de 27 años en todas las estructuras institucionales, económicas, políticas y sociales del país no es una tarea que se resuelva con un decreto definitivo ni de la noche a la mañana. La transición actual se abre paso de forma paulatina, no por una concesión benévola o una repentina intención democrática del gobierno de Delcy Rodríguez, sino como resultado directo del tutelaje, la presión estratégica y el tablero geopolítico conducido por el gobierno de los Estados Unidos. Es bajo esta coyuntura real que hemos comenzado a ver la apertura de ciertas libertades y, con ello, el retorno de figuras políticas que se encontraban en el destierro.
Ante este escenario, resulta verdaderamente inexplicable e incomprensible la forma de pensar de algunos venezolanos en el exterior. Es alarmante observar cómo personas que durante años han clamado por el fin de la crisis y por el inicio de una ruta de cambio, hoy utilicen sus tribunas de opinión en redes sociales para cuestionar, juzgar y satanizar el regreso de estos líderes. Desde la comodidad de una pantalla, se dictan sentencias morales contra quienes, con sus aciertos y defectos, están asumiendo el enorme riesgo de pisar suelo patrio para sumarse, desde el terreno, a la organización ciudadana necesaria para lo que se viene.
Salvando las distancias, esta actitud nos recuerda la ligereza con la que algunos habrán cuestionado en su momento el regreso del exilio de figuras históricas como Rómulo Betancourt. Cuando Betancourt volvió a Venezuela, el contexto estaba lejos de ser el ideal; la bota militar y el perezjimenismo seguían enquistados en el corazón de las instituciones y el peligro era latente. Sin embargo, con valentía histórica, asumió el desafío.
Hoy, líderes como Lester Toledo, Richard Blanco o José Guerra están dando ese mismo paso al frente. Por supuesto que se pueden encontrar aspectos para la crítica en ellos, y es válido que a muchos no les gusten sus formas, pero lo que resulta mezquino e innegable es su entrega y su voluntad de aportar a la causa democrática en el momento en que el país más lo requiere.
La realidad que afrontamos es una sola y no da margen para la división estéril. Ya lo ha dejado claro la líder indiscutible de esta nueva etapa de Venezuela, María Corina Machado: «Todos somos necesarios». Nada le hace más daño a la ruta cívica y pacífica planteada que enfrascarse en debates destructivos que solo dilatan, entorpecen y fracturan la unidad superior de los venezolanos. En la política, como en la vida misma, los procesos no se desarrollan con la exactitud matemática que dictan nuestros deseos personales.
Hoy más que nunca, es una obligación ciudadana deponer el ego, archivar los prejuicios y dejar atrás el «yo quiero que sea a mi manera». El objetivo supremo es la restauración de la República. Pongamos a Venezuela primero, entendiendo que cada actor que sume su esfuerzo en el territorio nacional es un activo valioso para derribar, de una vez por todas, los muros del autoritarismo.
Que la madurez guíe nuestras opiniones y que Dios bendiga a Venezuela.
Por: Enmanuel Canga

