Eran las 3:00 de la madrugada del miércoles 10 de agosto, cuando el Cuerpo de Bomberos de San Antonio del Táchira recibió una llamada poco recurrente. No se trataba de un accidente de tránsito o incendio, sino de un padre desesperado que contactaba a la institución, vía telefónica, desde el estado Portuguesa.
“Soy Juan Carlos Burgos”, dijo el ciudadano para luego precisar que el contacto lo hacía porque su hija se hallaba en un hotel de San Antonio del Táchira, desde donde pudo establecer comunicación con él, indicándole que tenía miedo, pues comenzaba a desconfiar de las personas que se encargarían de pasarla por las trochas a Colombia, para así emprender viaje hasta Perú.
Burgos, en total, realizó ocho llamadas a los bomberos. En los primeros intentos no podía dar muchos detalles, ya que se le caía a los segundos. Tras varios repiques, y sin desprenderse de su preocupación, logró explicar a los funcionarios de turno la situación que le angustiaba. Al final, le facilitó el número telefónico de su hija a uno de los dos funcionarios.
El funcionario realizó dos llamadas a Yosmerlis Karolain Burgos, de 18 años. La joven, en el primer contacto, se notaba desconfiada, pues no sabía si realmente la llamada provenía de la institución. Al confirmarle su progenitor que sí eran los bomberos de frontera, procedió a decirles en qué hotel se hallaba. En el segundo contacto agregó que no andaba sola. En su habitación, la 2020, estaba otra chica.
Ya el reloj marcaba las 4:00 a.m. cuando los bomberos decidieron dirigirse hasta la sede del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc), con sede en San Antonio, donde relataron el escenario que se estaba presentando. A las 4:25 a.m., los dos bomberos, junto a tres funcionarios del Cicpc, salieron rumbo al hotel, ubicado en el barrio Lagunitas.
Ruth Hernández, de 52 años, recalcó que su hermano es muy responsable y legal. “Vivimos los dos en la casa materna –ubicada en el barrio La Popa–. Yo, por mi enfermedad, dependo económicamente de él”, puntualizó para luego subrayar que su pariente es el cuarto de seis hermanos. “Todos somos muy trabajadores, honestos”, enfatizó.
Hernández comenzó a preocuparse cuando la mañana del miércoles avanzaba sin que su hermano llegara. “Llegué a pensar que se había quedado ayudando al señor Manuel, dueño del hotel, pese a que no era su horario. Él es así, muy servicial y entregado 100% a su trabajo”, añadió.
A las 11:00 a.m. recibió la noticia de que su hermano estaba preso. En ese instante, Ruth sentía que el mundo se le venía abajo, pues Hernández es el sostén del hogar, su mano derecha, quien la apoya y le brinda la colaboración que requiere como consecuencia de sus dolencias. “Ojalá y salga pronto. Mi hermano es inocente”, aseguró.En torno a Rodríguez y Álvarez, se conoció que son migrantes internos, radicados en frontera. “El chamo, junto a su esposa, me vendía queso”, señaló otra fuente consultada en el barrio Lagunitas. Además, dijo, Rodríguez es “asesor”. “Ayudaba a pasar a la gente por los caminos verdes — un oficio informal que prolifera en la zona–”, remarcó.
“A los dos siempre los vi muy trabajadores, decentes. No puedo decir nada malo de ellos”, prosiguió mientras traía a colación a Hernández, el recepcionista: “él solía comprarme pasteles. Es muy trabajador, educado, no se mete con nadie”, argumentó la ciudadana desde la zona referida.
La investigación avanza en manos del Cicpc frente a un caso que ha generado diversas reacciones por parte de la ciudadanía en frontera.
RDN/La Nación

