Transitar hoy por el centro histórico de Maracaibo, despojado del bullicio automotor, de la algarabía de su comercio, es escuchar un eco que se resiste a morir. Es el murmullo de una ciudad que se construyó mirando hacia adentro, pero respirando hacia afuera. Mientras el resto de las poblaciones del Caribe se planificaron para protegerse de los corsarios, la capital zuliana se diseñó para defenderse de su eterno y soberano habitante: el sol. De allí nacieron ellas, las guardianas del fresco: las ventanas altas.
El arte de capturar el viento
En las viejas calles de El Saladillo y Santa Lucía, la arquitectura republicana y tradicional no era un capricho estético; era una ciencia de supervivencia y estatus. Las fachadas de las casas coloniales y decimonónicas se elevaban imponentes, desafiando las leyes del calor con techos de doble altura sostenidos por vigas de vera y manglar.
Pero el secreto de la frescura habitaba en sus fachadas. Las ventanas altas, que a menudo rozaban los tres metros de elevación, eran obras de arte de la carpintería local. Marcos de maderas nobles como el cedro o el baco sostenían postigos que se abrían al amanecer. En la parte superior, los montantes de herrería artística o de madera calada con motivos florales y geométricos actuaban como un filtro mágico: permitían que el aire caliente de la calle ascendiera y saliera, mientras el zaguán interior succionaba la brisa del Lago.

Contraventanas, enrejados y complicidades
Esas ventanas altas eran también el escenario de la vida social marabina. Detrás de los listones de madera de las celosías, las familias observaban el acontecer diario sin ser vistas. Eran el punto de encuentro de los «reventones de gaita» improvisados, el umbral donde los poetas recitaban versos y el espacio idóneo para el sutil arte del cortejo, donde las miradas se cruzaban a una altura respetable.
Asomarse a una ventana en la Maracaibo de antaño era asomarse al mundo. La altura no solo otorgaba elegancia a la composición urbana de calles coloridas, sino que garantizaba la privacidad del hogar frente al transeúnte, manteniendo una distancia prudente pero conectada con la barriada.
Un patrimonio que se asoma al futuro
Hoy, muchas de esas estructuras han cedido ante el paso del tiempo y el concreto moderno. Sin embargo, las que aún permanecen en pie impertérritas en el sector Veritas, en las calles empedradas de Santa Lucía o en los antiguos palacetes comerciales de la plaza Baralt— reclaman su lugar en la memoria histórica de la región.

«La ciudad de las ventanas altas» no es solo un recuerdo de madera y hierro forjado; es el testimonio de una Maracaibo vanguardista que supo dialogar con su clima y su entorno. Preservar estas fachadas es mantener abiertos los canales por donde aún respira la verdadera identidad zuliana.
Es estrictamente necesario entender que salvar las casas de Santa Lucía o los viejos edificios de la Plaza Baralt no es un ejercicio de nostalgia estéril, sino una necesidad de anclaje de nuestra identidad. Una ciudad que demuele su pasado se condena a habitar un presente sin raíces. Maracaibo, entre el calor de su clima y el fervor de su gente, sigue buscando la manera de que sus ventanas altas sigan abiertas de par en par, custodiando las crónicas de lo que fuimos y el diseño de lo que podemos volver a ser, una ciudad pujante, vanguardista y pionera.
Por: Yuly Pineda CNP: 6871

