Por: Juan Carlos Fernández
Yo crecí con esa palabra: ultramontano.
Un término viejo, raro, de esos que suenan a incienso y mármol. Significaba algo así como seguir al Papa sin cuestionarlo, obedecer aunque no entendieras, repetir aunque no compartieras.
Era una forma de fe que convertía cualquier duda en traición.
Y ahora me pregunto…
¿Será que ese espíritu ultramontano reaparece cuando menos lo esperamos, incluso entre quienes se dicen modernos, democráticos, liberales?
Yo no creo que María Corina sea ultramontana. En lo literal, no. No está en Roma, ni representa a la Iglesia, ni quiere mandar en nombre de Dios.
Pero hay algo —y lo digo con cuidado, con respeto, pero también con honestidad—
hay algo en su liderazgo que se parece demasiado a un acto de fe.
Porque basta con decir que algo no te convence, o que el camino puede ser otro, para que te digan traidor. Para que te bloqueen, te ataquen o te digan vendido.
Y uno se pregunta:
¿Desde cuándo cuestionar es traicionar?
¿Desde cuándo la democracia se volvió una religión donde solo hay una santa y los demás son herejes?
Yo he defendido la necesidad de votar, incluso cuando no está de moda.
He defendido la ruta política cuando muchos prefieren la épica.
Y he defendido la crítica cuando algunos solo quieren aplausos.
¿Eso me hace menos opositor? ¿O simplemente me hace un ciudadano que no quiere cambiar un dogma por otro?
La causa de María Corina es legítima. Su lucha merece respeto.
Pero eso no significa que no tenga errores.
Y los errores también hay que nombrarlos, porque si no los nombramos, entonces ¿en qué nos estamos convirtiendo?
A veces me da miedo que la oposición venezolana esté cayendo en el mismo error que combatimos durante años:
la obediencia ciega, el culto al líder, la idea de que el poder solo es bueno si lo tiene “el nuestro”.
Y yo no me apunto en eso.
Yo quiero un país donde se pueda pensar distinto sin que te linchen.
Donde se pueda apoyar a alguien sin convertirlo en deidad.
Y donde podamos mirar hacia adelante sin repetir los peores vicios del pasado… aunque vengan con otro rostro, otra voz y otra bandera.

