La cotidianidad del venezolano se ha transformado en una carrera de obstáculos donde la resistencia, más que una virtud, se ha vuelto un mecanismo de supervivencia. Hoy, nuestra nación enfrenta una penumbra que va más allá de la falta de fotones en un cable; enfrentamos una crisis eléctrica que se ha ensañado con la estabilidad emocional y productiva de todo un pueblo. Cortes de cuatro, cinco y hasta más horas diarias no son solo cifras en un reporte estadístico, son horas de vida arrebatadas, de alimentos perdidos, de negocios que bajan sus santamarías y de pacientes que ven comprometida su salud.
Este escenario se torna aún más asfixiante cuando lo sumamos al resto de las cruces que carga el ciudadano de a pie. El alto costo de la vida que pulveriza el salario, la irregularidad crónica en el suministro de agua, la inseguridad que limita nuestro libre tránsito y esa ansiedad generalizada que se ha instalado en el pecho de cada familia. El venezolano ya tiene suficiente con los problemas del día a día como para, además, ser condenado a la oscuridad y al calor sofocante que impide el descanso necesario para seguir luchando al día siguiente.
Además, en este contexto de crisis nacional, es imperativo alzar la voz con una fuerza particular desde nuestra región. Los zulianos vivimos un calvario adicional que parece no tener eco en las oficinas de la capital. Atravesar un corte eléctrico de cinco horas en pleno mediodía o durante la tarde en el Zulia es, en términos llanos, un acto inhumano. En una tierra donde el termómetro marca con facilidad los 34°C, pero donde la humedad nos castiga con sensaciones térmicas que alcanzan los 44°C, la falta de electricidad se convierte en un crimen contra la salud y la dignidad. No es solo «falta de luz»; es la imposibilidad de respirar, es el agotamiento físico extremo y el riesgo constante para nuestros niños y ancianos que sucumben ante el calor inclemente de nuestra geografía.
Es por ello que, con la responsabilidad que otorga el ser testigos y víctimas de esta realidad, elevamos un llamado urgente, firme y sin dilaciones a las autoridades nacionales, al Ministerio del Poder Popular para la Energía Eléctrica y a Corpoelec. La gestión de la crisis no puede basarse en la resignación del usuario. Es imperativo que se aboquen de forma inmediata y técnica a la recuperación del sistema interconectado nacional. Venezuela exige una inversión real, un mantenimiento eficiente y una planificación que devuelva la luz a los hogares y la certidumbre a la industria. La paz de la República pasa, necesariamente, por la estabilidad de sus servicios públicos.
Sin embargo, a pesar de las sombras que hoy parecen arroparnos, no podemos permitir que la oscuridad venza nuestra voluntad. El venezolano es, por esencia, un ser de luz y de nobleza inquebrantable. Hemos soportado durante años tormentas que habrían doblegado a cualquier otra sociedad, y esa capacidad de entrega y sacrificio no ha sido en vano. Esa resiliencia es la semilla de la nueva nación que ya comienza a germinar.
A mis hermanos venezolanos les digo: mantengan la fe. Venezuela va a reverdecer. Nuestra nobleza al transitar este desierto ya está dando sus frutos, pues ha forjado un carácter ciudadano más consciente, más humano y más decidido. Dios no se ha olvidado de Venezuela; Él conoce cada lágrima y cada esfuerzo realizado en la intimidad de nuestros hogares a oscuras.
Pronto se avecina esa Venezuela próspera que hemos dibujado en nuestros sueños y por la que hemos trabajado incansablemente. Una nación donde abrir el grifo y encender un interruptor no sean actos de fe, sino derechos garantizados por un Estado eficiente. Viene un tiempo de servicios públicos de calidad, de progreso económico y, sobre todo, de una paz profunda que sane las heridas de estos años.
La luz volverá, y no solo a los postes de nuestras calles, sino al alma de cada ciudadano. El futuro es nuestro y está más cerca de lo que la sombra nos permite ver.
Que Dios bendiga a Venezuela.
Por: Lic. Enmanuel Canga

