Una adolescente fue secuestrada y abusada durante 24 horas en Cojedes, reavivando el debate sobre la violencia sexual en adolescentes en Venezuela. Miguel Gregorio Zúñigas Benítez, de 23 años, atrajo a la joven con la promesa de venderle ropa.
Ella acudió confiada a su vivienda en Caño Benito. Al llegar, Zúñigas desenfundó un arma de fuego, la amordazó y la mantuvo en cautiverio, abusando sexualmente de ella en múltiples ocasiones durante un día completo. La víctima logró escapar el sábado tras un descuido del agresor.
En la calle, encontró una patrulla de la Policía Nacional Bolivariana que la auxilió. Los funcionarios la trasladaron de inmediato a un centro de salud, donde médicos confirmaron el abuso y activaron el protocolo de atención a víctimas.
Violencia sexual en adolescentes: un crimen que exige justicia y prevención urgente
La violencia sexual en adolescentes no puede seguir normalizándose. Este caso en Cojedes evidencia la vulnerabilidad de muchas jóvenes frente a agresores conocidos.
Zúñigas intentó resistirse a la captura disparando contra los efectivos, pero fue reducido y puesto a la orden del Tribunal 1° de Control de Cojedes.
El Ministerio Público lo imputó por violencia sexual agravada, privación ilegítima de libertad, amenaza agravada y porte ilícito de arma de fuego.
El tribunal aceptó la acusación y ordenó su privativa de libertad, mientras se desarrolla el proceso judicial correspondiente en el estado Cojedes.
Organizaciones defensoras de derechos humanos han exigido que se garantice protección integral a la víctima y se acelere el juicio contra el agresor.
La violencia sexual en adolescentes requiere atención urgente por parte del Estado, las comunidades y los sistemas educativos en todo el país.
Es fundamental educar en prevención, fomentar la denuncia y ofrecer acompañamiento psicológico a quienes han vivido experiencias traumáticas como esta.
También se necesita reforzar la seguridad en zonas vulnerables, donde muchas jóvenes enfrentan riesgos sin redes de protección efectivas.
La justicia debe actuar con firmeza, pero también con sensibilidad, reconociendo el impacto emocional que estos crímenes dejan en las víctimas. Porque cada adolescente merece crecer libre de miedo, con dignidad y en entornos que protejan su integridad física y emocional.

